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Agujas (y palabras) traicioneras

Hola amigos,

Aquí estoy con vosotros (y vosotros conmigo) una semana más. Semana intensa pues, ha continuado mi peregrinar por los diferentes especialistas médicos: el lunes todo el preoperatorio (incluida analítica) para la operación de las tres muelas que tuvo lugar el miércoles. El lunes también, resonancia con contraste correspondiente a la revisión de las secuelas en los lumbares de mi grave infección de espalda de hace un año. Y, mientras tanto, los dolores del costado que siguen dando latigazos de forma intermitente sin una aparente motivación, y que me impiden dormir con la placidez necesaria para recuperar fuerzas.

En total, entre la semana pasada y ésta, he recibido un total de siete pinchazos diferentes en mis venas. Los que me conocen bien, saben que desde siempre no he sido muy amigo de las agujas: incluso antes de la enfermedad, todos mis encuentros con los punzantes elementos (ya fueran para extraer sangre o para inyectar una sencilla medicación) han terminado en mareos asegurados. Hoy me gustaría compartir con vosotros una de esas situaciones, que ocurrió hace ya algo más de un año.


Uno de los efectos secundarios de haberme trasplantado de médula es que toda la información inmunológica que mi cuerpo había ido guardando de las diferentes enfermedades y vacunas recibidas desaparece por completo. El sistema inmune se resetea, y por tanto tengo que comenzar el proceso de vacunación desde cero. Como un bebé recién nacido. Siguiendo el calendario completo.

vacunascalendar18

Me correspondía por aquel entonces una de las primeras visitas, la de los cuatro meses. Me presento en solitario a la cita, convencido que sería una simple rutina. Personalmente, y conociendo mi aprensión a las agujas, tengo siempre el deseo de que la enfermera que me atienda se limite a hacer su trabajo de manera efectiva y en silencio mientras cierro mis ojos: preparar, abrir, pinchar, limpiar, y tapar con un apósito. No necesito ninguna explicación ni información extra, que únicamente puede contribuir a que mi cabeza empiece a pensar en lo que no debe, y dispare inconscientemente el proceso del temido mareo…

Bien. En esta ocasión, me recibe la enfermera, que amablemente me empieza a explicar con todo lujo de detalles las diferentes profilaxis que serán cubiertas, cuánto tardarán en hacer efecto, así como los posibles síntomas que puedo sentir si algo va mal en el proceso. Mientras ella habla, yo pienso para mis adentros: “Mal empezamos, Gabi”. Como me conozco, dejo que ella siga hablando (sin prestarle excesiva atención) y estudio mi entorno, para estar preparado en caso de necesidad: ¿puedo recostarme de forma segura en la silla en la que estoy? Sí, y además subiré las piernas directamente en la mesa que tengo enfrente. Y podré abanicarme con unas carpetas que tengo aquí a mano… Perfecto. Todo bajo control.

Sin embargo, llega un momento donde el monólogo de mi querida enfermera se torna irremediablemente en diálogo. Un diálogo que en esta ocasión no facilita mi tranquilidad:

– Gabriel, ¿es usted zurdo o diestro?

– Soy diestro, ¿por qué lo dice?

– Pues mire, hoy le tenemos que poner tres vacunas, y una de ellas tiene una reacción más fuerte que hará que le duela más el hombro. Así que ésta, que es la que más duele, se la pondremos en el brazo derecho.

– Pero si le he dicho que soy diestro… – le repliqué mientras empezaban a subirme los siete sudores…

Mientras trataba de mentalizarme a los tres pinchazos que me esperaban, nuestra querida enfermera no dejaba de darme detalles de cada uno de los bichitos que iban a penetrar mi cuerpo en esa linda mañana, y de cada una de las enfermedades (con sus correspondientes efectos) que gracias a ellos iba a dejar de contraer. Sinceramente, ella fue superdidáctica y profesional en sus explicaciones, pero yo en esos momentos no estaba ya para aprender nada y sí para que aquello concluyese lo antes posible.

Procede entonces la enfermera a introducir las agujas en mis hombros, no sin antes comentarme el tamaño en milímetros de cada una de las inyecciones, y reírse acerca de cómo aquellos alfileres tan pequeños (pues son las mismas vacunas que los bebés) parecían de juguete en comparación a mi laaargo cuerpo…

Y pasó lo que tenía que pasar. Empiezo a notar un sudor frío que me sube hacia la cabeza. Los primeros síntomas de que me estoy mareando. Acostumbrado ya a otras veces, me retrepo en la silla, estiro las piernas hacia delante, y mientras intento coger de la mesa la carpeta que había seleccionado mentalmente para abanicarme, mi querida enfermera reacciona:

No te estarás mareando, ¿verdad?

– Sí… sí… un poquito – le indico con el fino hilo de voz que pudo salir de mi cuerpo.

– Ay, dónde vas. Échate para atrás ahora mismo… – de un movimiento brusco me tira hacia atrás, impidiendo que lograse coger mi soñada carpeta para hacerme aire. – ¡Ay, Dios mío, que este hombre es muy grande y se me va a caer al suelo! ¡Ay por Dios, Gabriel!, no vayas a perder el conocimiento ¿eh?

Probablemente observando mi rápido deterioro, nuestra enfermera decide llamar inmediatamente a grito pelado a los refuerzos. Utilizaré nombres inventados para proteger la privacidad de los implicados.

¡Doctora Irene! ¿Está usted ahí?  ¡Venga rápido que este hombre se me cae al suelo!

Percibo, ya prácticamente sin conocimiento, que la doctora Irene llega a toda prisa y me habla al oído con fuerza:

– Oiga, Gabriel, ¿se encuentra bien? ¿Me oye?

Hiimm, mmmm eeetimmm lah ppennna ppmm – era lo equivalente a “sí, sí, estíreme las piernas y abaníqueme por favor” que en aquel estado únicamente podían ser emitidos con sonidos guturales.

– Este hombre ya no puede ni hablar, y va a perder el conocimiento. Enfermera, rápido, traiga el tensiómetro que mientras voy a intentar encontrarle el pulso.

La enfermera se aleja por un momento. Yo ya estoy más para allá que para acá pero no llego a perder el conocimiento, y sigo impotente la escena deseando únicamente que me suban las piernas a la mesa y me abaniquen con la carpeta, tal y como había planificado. Y la doctora Irene me agarra de la mano comenzando la tradicional maniobra de buscar el pulso. Allí, en mi muñeca, se encuentra con una pulsera conmemorativa de la Coronación Canónica de la Soledad de Mena, regalo de mi amigo Jesús Pérez, similar a ésta que muestra la imagen:

Soledad Coronada

La doctora Irene, nada más ver la pulsera, lanza un desgarrador grito:

– ¡Enfermera, vuelva rápido! ¡Tómele la tensión! Tenemos que empezar el protocolo de chequeo de infarto. Este hombre padece, lleva una pulsera que dice “Enfermedad Coronaria”.

En mi letargo, tuve una mezcla de sentimientos. Por un lado, no podía parar de reír por dentro, pensando “esto no está pasando“. Por otro, intentaba seguir llamando la atención de los sanitarios por su error, a través de ruidos guturales y gestos con la mano.

Usted no se mueva Gabriel, ya nos encargamos nosotras de todo. Usted ahora tiene que estar tranquilito vaya a ir la cosa a peor y nos llevemos un disgustito.

Imposible detenerlas. Continuaron con la maniobra tendiéndome en el suelo, poniéndome el tensiómetro, a la vez que la doctora seguía tomándome el pulso en la muñeca.

– El pulso parece normal, ¿cómo está la tensión, enfermera?

– Pues la tensión está bajita, 9,5 – 7, pero mire doctora, parece que ya abre los ojos.

Ambas entonces se acercan lentamente a mi rostro, tratando de atisbar si estaba comenzando a volver a la normalidad.

– Gabriel, ¿se empieza a encontrar mejorcito?

Mi primera respuesta fue contundente:

– ¡¡¡CORONADA!!! ¡¡¡LA PULSERA DICE SOLEDAD DE MENA CO-RO-NA-DA!!! Ni padezco del corazón, ni infarto, ni nada. Ande, hagan el favor de levantarme un poquito las piernas a ver si se me termina de pasar este mareo.

Terminé saliendo de allí recibiendo una pequeña bronca por haber venido sin acompañante a aquella rutinaria visita de vacunación…


Amigos: Encaramos la semana que entra, sin muelas, con (espero) menos dolores en el costado, y también con unas merecidas risas que espero hayan sido contagiosas a través de mi relato. Un abrazo a todos. Yo confío. ¡¡¡Vamooosss!!!

P.D: Esta historia va con cariño dedicada a todos esos sanitarios que tienen que soportar a enfermos tan pejigueras como el que aquí suscribe.

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15 replies »

  1. Primo ..me has sacado unas carcajadas😂😂😂 Me imagino el agobio de la Dra y la enfermera y tú ante esa situación y encima pasándolo mal por el mareo..
    Espero esta semana sea de recuperación y el dolor del costado vaya mitigando…
    Ah…y la próxima.vez ,acude acompañado o comunicarlo y te tumbas…
    Buen fin de semana y besos para toda la familia y para ti😍😘😘

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  2. Eres la monda, Gabi; la próxima vez te acompaño yllevo cámara de vídeo . Te imagino en el suelo, estirado ( ¿cabías en la consulta?) y riendo por dentro 😂😂un abrazo y nunca pierdas ese buen humor.

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  3. Jajajaja…ay lo que me estoy riendo Gabi…. Qué gracioso eres…Desde luego era para contarlo…Lo de la pulserita no tiene desperdicio…jajaja
    Un besito fuerte y porfa no vuelvas a ir solo….Tu manda un SOS por aquí y ya verás conté salen acompañantes…

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  4. Celebro Gabi que no pierdas tu sentido del humor…pero comprendo perfectamente que todo tu peregrinar entre médicos y enfermeras acabe agotándote, al final el cuerpo y la mente se cansan de tanto trajin.
    Pero ya sabes hay que luchar y seguir, los contratiempos forman parte de las enfermedades y a veces se producen parones para después seguir avanzando.
    Espero que este parón sea breve y pronto te encuentres mucho mejor para poder recuperar fuerzas..
    Piensa con humor has sobrevivido a un infarto (lo decia tu pulsera jajajajja)…y atónitos los sanitarios al comprobar el malentendido no????….
    Un abrazo fuerte
    Marga

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  5. Que buen rato nos has hecho pasar. Menos mal que el buen humor lo llevas siempre contigo. Que Dios te siga bendiciendo. Un beso muy fuerte.VAMOOSSSSS

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    ________________________________

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  6. Jajaja, con lo bien planificado que lo tenías todo y la que se lío, que grande eres Gabi!!
    Muchos besos 😘 😘😘
    Yo confío!! Vamos!!! 💪🏻💪🏻💪🏻💪🏻

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