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Maristas

Es la una de la tarde. El sol de otoño está en su punto álgido, y me acompaña en mi caminar tranquilo por Calle Victoria. Como tantas veces, como tantos días, me detengo a la altura de Calle Agua, en la Capilla de Nuestro Padre Jesús del Rescate y María Santísima de Gracia. Atrás quedaron mis infantiles e inocentes oraciones por el inminente examen, o el partido contra San Estanislao, Leon XIII o cualquier otro equipo que nos tocase en suerte un sábado cualquiera. Hoy me detengo y mi plegaria es de agradecimiento, un gracias simplemente por estar.

Al llegar al 108, la reja me recibe cerrada. Rápidamente me cuelo aprovechando la entrada de una joven que andaba más despistada que yo. Porque traspasado el umbral, el tiempo se detuvo, y volvía a entrar en mi casa, mi segunda casa.

Un sorprendido pero feliz por verme Agustín Cabañó me abraza, y tras un afectuoso saludo me lleva escalera arriba en busca de la coordinadora María José. El edificio está idéntico a cuando lo dejé allá por el año 1993, al menos así me lo dictan mis cinco sentidos. Sin embargo, hay un sexto que mágicamente aparece y se agudiza en estas ocasiones tan especiales, y es el del corazón.

Percibo las ilusiones y los sueños de mis jóvenes compañeros de pupitre aún latentes en cada esquina, en cada aula, en esa pizarra que ahora no tiene polvo blanco sino conexión HDMI, o quizá en el eco de una chasca hoy convertida en aplicación de iPad que resuena mientras respondemos ordenadamente el contenido de la lección…

Me sé el camino de memoria. Dejo la capilla a la izquierda, y el patio me lleva hacia el salón de actos, lugar de mi reencuentro de esta tarde. La bougainvillea de flores rosas y la campana permanecen intactas, testigos mudos del paso de las generaciones. Atravieso la arcada y entro por la puerta de madera. Ante mí se abre una auténtica estancia anclada en el tiempo: mismas ventanas, mismas bancadas, mismas sillas de plástico rojizo con pequeñas hendiduras rayadas que emitían peculiares sonidos con el roce de los remaches metálicos de los pantalones vaqueros…

Saludo a mis queridos Paco y Maite, y me enseñan una foto donde aparezco con mis gafas de pasta portando la pancarta de la Marcha contra el Hambre del año 1994. Bendita casualidad que encontrasen esa foto justo esta semana. Otros profesores más jóvenes se acercan. Llegan mis padres, mi hermano Rafa y mi mujer.

La charla que permite este reencuentro hoy fue concebida como una especie de reto. Yo me encontraba en mis peores momentos en el hospital. Mi querido profesor Javier Risoto me contacta para mandarme muchos ánimos. Yo le digo que, cuando me cure, iré a una de sus tutorías para hablar de lo que él quiera. Así quedamos… La Buena Madre ha permitido que este encuentro se produjese increíblemente pronto.

Lo que más ilusión me hizo de la hora corta que duraba la actividad fue el poder hablar con el corazón a los jóvenes, y ver sus caras mientras estos sentimientos brotaban a través de mis palabras. Porque podía haberles hablado de mil cosas, de mil formas diferentes. Pero algo me decía que hoy tocaba dejar la teoría y los conocimientos a un lado, aparcar las lecciones de física, matemáticas, lengua o inglés. Y simplemente mirarles a los ojos, y charlar de la VIDA, esa asignatura que vamos aprendiendo a diario y que sin embargo nos cuesta tanto contar porque parece que abrimos nuestros más íntimos secretos, temiendo que nuestras miserias queden desnudas al descubierto.

Queridos alumnos: por vuestras caras, vuestras lágrimas, vuestras sonrisas… entiendo que captasteis la esencia de lo que en aquel salón de actos se contó y se vivió. Sólo puedo añadiros que os ofrecí con humildad todo el impulso para que sigáis vuestros caminos y cumpláis vuestros sueños. Para que seáis conscientes de todos los regalos que os rodean, y para que estéis orgullosos de cada uno de los talentos que conforman vuestra personalidad. Continuad adelante, con honradez, con sencillez y modestia, poniendo siempre todo lo bueno que tenéis al servicio de los demás. Y en ese camino, se ha cruzado este nuevo amigo, Gabi, que está disponible para lo que necesitéis en el futuro.

Un abrazo. Yo confío. ¡¡¡VAMOOOSSS!!!

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10 replies »

  1. Ay Gabi, cuánto nos hubiera gustado estar allí y dejarnos invadir por tus palabras y tu testimonio. Aunque en cierta manera estábamos porque vivimos todo lo tuyo con intensidad..
    Creo que deberías dedicarte a hacer esas charlas y ayudar a mucha gente que necesita oir tu experiencia de vida.
    Yo te doy las gracias por seguir escribiéndonos. Siempre, siempre me reconfortan tus palabras.
    UN beso enorme…

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