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Déjà vu – el tiempo que vuelve

Hola amigos,

Es curioso cómo el paso del tiempo pone las situaciones vividas en perspectiva. Generalmente, hablamos de “dejar pasar el tiempo” como bálsamo para la curación de situaciones dolorosas: una pérdida, una separación dramática, un fracaso personal… Sin embargo, el tiempo es también un engañoso compañero de viaje, que de repente te pone de bruces frente realidades que creías superadas u olvidadas.

El tránsito por el mes de junio ha estado lleno de infinidad de recuerdos, y a la vez de situaciones paradójicas. La mañana del 2 de junio de hace cinco años, me encontraba con Reme, mi esposa, esperando su turno para efectuar el tercer y último examen de sus oposiciones, una larga exposición oral que requería una precisión a la hora de medir los tiempos. Justo antes de entrar a la sala, se percata de que el segundero de su reloj se ha detenido súbitamente. Con urgencia, buscamos la aplicación del cronómetro en el teléfono móvil, el cual silencio y preparo para que no haya distracciones durante la prueba. Un comentario sale de la boca de Reme: “Se ha parado el reloj justo ahora, ¿se me parará la vida?”. Ninguno de los presentes hicimos caso a esa frase… aunque fuese una escalofriante predicción de lo que se avecinaba.

La tarde del 2 de junio de hace cinco años me encontraba en la oficina. Diferentes problemas acontecían en nuestro grupo de trabajo, con constantes reorganizaciones internas y externas que llevaron a estresar y tensionar en exceso (artificial e innecesariamente) las relaciones personales. Tras múltiples reuniones, la jornada concluye con una audioconferencia. Sobre las 19:30, comento con mi compañera Emma que me duele la espalda. Lo achaco a los múltiples cambios de incómodos asiento sufridos ese día. Ella, sin embargo, me anima a acudir a urgencias del Parque San Antonio, para que me deriven al fisioterapeuta. En toda mi vida nunca había utilizado para mí el seguro médico de la empresa, sin embargo, creo que por seguirle el juego a Emma, decido conducir directamente a urgencias esa tarde. “Verá mañana cuando le cuente que ya me han recetado los masajes”, musitaba durante mi viaje en coche…

La noche del 2 de junio de hace cinco años entro en el Parque San Antonio y me recibe la Doctora Pérez, a la sazón mi amiga Margarita. Nada puede salir mal. Le comento lo del dolor de espalda, y decide hacerme un chequeo que yo consideraba rutinario: placa de espalda y analítica. La radiografía no refleja nada relevante. Cuando pensaba que era ya el momento de irme a casa, la analítica hace que disparen todas la alarmas. Necesitan hacer más pruebas. Debo quedarme ingresado. Mi amiga Margarita me regala el bocadillo de jamón serrano (me supo a gloria) que se había traído como sustento para la guardia. Me ponen la primera vía en el brazo de toda mi vida, y paso mi primera noche en un hospital… la que con el tiempo sería primera de muchas. Siempre agradeceré a Margarita que me acompañase aquella noche tan difícil. Para calmar mi hambre, y también calmar mis miedos.

El resto de la historia del tránsito por mi enfermedad y curación ya la conocéis, y está reflejada en las páginas de este bendito blog. Cada día de este mes de este quinto aniversario me han sobrevenido recuerdos y más recuerdos de aquellos comienzos. No sólo por lo significativo de la efeméride, sino también por las señales recibidas estos días cuales dardos a lo más profundo del alma. Pasado que se hace mágicamente presente.

Paseo estos días, con prudencia, por la calle y observo cómo todo el mundo lleva mascarilla puesta. Una situación que para mí era novedosa hace cinco años, y con la que tuve que convivir para protegerme de las infecciones, ahora se ha vuelto cotidiana y generalizada. Ya por aquel entonces os hablaba de las sonrisas ocultas. Y el maestro de todos los maestros en hacerme sonreír con una mascarilla en la cara fue… mi padre. Estos días pienso, y realmente vivo junto con él la cantidad de bromas, chascarrillos y chistes que harían más llevaderos estos momentos de incertidumbre en mitad de la pandemia. Echo de menos muchísimo la presencia física de mi padre, pero por otra parte le siento más cerca que nunca. Él me enseñó la herramienta más potentes que uno puede tener para combatir el miedo: el humor. Gracias papá por seguir siempre a mi lado.

El maestro del buen humor en la adversidad: mi padre

Es lunes 8 de junio y vamos Reme y yo de camino al Mercadona a por algo para cenar. A pesar de que tengo dudas de que siga abierto, pues el reloj ya pasa las nueve de la noche, algo me impulsa a intentarlo. Sin embargo, al llegar, la puerta ya está cerrada. Mientras arranco resignado el coche para volver a casa, alguien golpea la ventanilla. Es ella, inconfundible, y son aquellos ojos que eran capaces de regalarte paz en la habitación donde sólo unos pocos tenían permiso para entrar. Rosa. Nuestra Rosa. Mis primeros compañeros de habitación, Manuel y Rosa. Aquella mirada me traslada inmediatamente a los primeros días de ingreso, cuando uno está absolutamente agobiado, confundido y bloqueado, mis amigos fueron auténtico faro en mitad de la tormenta. Y allí estaban ellos, cinco años después, en la puerta del Mercadona. Porque donde está Rosa, está también Manolo. Ella y yo sabemos que camina a nuestro lado. Y que en estos días tan convulsos para mí, estoy seguro que fue Manolo quien propició este “casual” y precioso reencuentro.

Reme, Rosa y Gabi… un reencuentro propiciado por Manolo desde el cielo

Es domingo, y como todos los domingos me dirijo a misa de 11:00 en San Miguel, a celebrar la Eucaristía con mi querido Coro. Hoy todos hacemos un esfuerzo extra para que se escuchen nuestras voces, porque estamos cantando con mascarilla. ¡Cuántas celebraciones fui yo el que la llevaba… y ahora todo el mundo la porta! Mientras entonábamos el último canto a la Virgen, mi mente se va cinco años atrás… cuando era un simple espectador/admirador de este coro al que observaba desde el banco de la quinta fila… y al que nunca me atreví a acercarme. Y desde ese anonimato, les pedí que me enviasen una canción al hospital. Al intentar darles las gracias, no tenía medios para hacerlo… y el Señor cruzó en mi camino, “casualmente”, el teléfono de Lorena, la jefa y directora del coro. Lorena ha sido un ángel de la guarda en todo este proceso. Ella me orientó en aquellos difíciles momentos de nuevo hacia la Virgen, y me ha acompañado y acompaña de la mano durante esta dura travesía. Con el cariño que describían aquellos primeros discípulos, “mirad cómo se aman”. Amor gratuito y sincero… Termina el canto, y ella, leyendo mi mirada perdida, me suelta al oído en su habitual tono de sinceridad contundente: “Gabi, no hace falta que sigas hurgando en el pasado, porque tú ya no estás enfermo”. ¿Cómo podía saber en qué estaba pensando? Cuántas veces siento y sentimos los miembros del coro que es la misma Virgen quien nos habla por su boca…

Coro de San Miguel en modo “desescalada”, con Lorena a la guitarra

Recuerdo también cómo, cuando estaba ingresado, cada domingo, en la habitación de aislamiento, ponía en el televisor “La 2” para asistir de forma virtual a la Santa Misa. Momentos de íntima emoción a través de una pequeña pantalla, que sólo aquel que está enfermo puede comprender. Y cinco años después… soy yo el que colabora como improvisado Youtuber con la Parroquia San Miguel para retransmitir en directo las eucaristías a todas las personas que no pueden desplazarse al templo. Uno siente que el Señor tenía una misión diferente para este humilde Teleco al que el 2 de junio de hace cinco años se le paró la vida… o le cambió de dirección…

Amigos, necesitaba contaros todo este cúmulo de sensaciones vividas. Un auténtico déjà vu, la sensación del tiempo que pasa y vuelve y se repite. Pero con un denominador común: las personas relevantes que estuvieron entonces y que están ahora. En la historia de hoy se llaman Reme, Emma, Margarita, mi padre, Manolo, Rosa, Lorena… pero en mi vida son tantos y tantos otros. Y estoy seguro que en las vuestras también tienen nombres concretos. El tiempo puede pasar, pero ellos, su cariño y amor, son eternos y siempre vuelven. Como un infinito déjà vu.

Un abrazo. Yo confío. ¡¡¡Vamooosss!!!

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8 replies »

  1. Gabi. Gracias , una vez mas por tu mensaje lleno de alegria y confianza. Me alegro nque estes bien bdespues de tu silencio… pandémico. Se te olvido decir que hace cinco años nacio Gabito como recuerdo de aquel fatídico año y que su crecimiento es el testimonio del esfuerzo , que en paralelo con su crecimiento, has ido haciendo en tu lucha diaria. Un abrazo

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  2. Aquí tu compañera Emma recuerda ese momento como si fuera ahora mismo. La misma que te ha echado de menos cada uno de los todos los días en la oficina a la que dejaste de ir (que lamentablemente compartimos poco tiempo) pero también la que ha vivido contigo innumerables e inolvidables momentos “a pesar de” o “precisamente por”. Hoy solo puedo decir: Gracias a Dios por cruzarnos en el camino de la vida. Gracias Gabi por ser ese instrumento perfectamente afinado que siempre tiene la nota adecuada.

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